Construir un clave

Por Leopoldo Pérez Robledo

Quizás el descubrimiento del arte infinitamente sutil de la retórica antigua, llevó a los instrumentistas a desear cada vez más intensamente el poder interpretar la música antigua en instrumentos originales, o en sus copias más perfectas. De hecho, los instrumentos originales poseen cualidades y aptitudes ideales (qué otra cosa podría esperarse) para interpretar la música que se escribió para ellos. En este siglo se pretendió reinventar especialmente el clave, volcando la más exuberante imaginación en el intento de mejorar y perfeccionar aún más sus características constructivas. Ingenieros y constructores de pianos (Pleyel, Neupert, Witmayer, Sperhacke, etc.) se lanzaron a competir y crear instrumentos "acorazados", llenos de novedosos inventos, pretendidamente capaces de resistir los embates del clima (y las dos guerras mundiales), que resultaron en instrumentos de mecánica ultrapesada, llenos de pequeñas piezas y mecanismos que requieren un gran mantenimiento experto, en los cuales es imposible lograr las delicadas sutilezas de la articulación renacentista y barroca (ni ninguna otra), además de poseer un sonido extremadamente débil y falto de timbre.

El entusiasmo y excitación que producía en los músicos interpretar en instrumentos que se aproximaban un poco más a los auténticos (o en los mismos originales que se conservan en los museos o en colecciones particulares), donde la música antigua cobraba un sentido y lógica imposible de encontrar en estos claves modernos de la primera mitad del siglo XX, fue obligando a los constructores a desandar el camino, y en un proceso muy lento, que aún hoy sorprendentemente no ha concluido, ir aproximándose cada vez más a los originales. Tal vez el miedo a reproducir estructuras tan livianas como las de los viejos claves italianos o flamencos, la incontrolable compulsión inventiva del hombre, o la falta de humildad, impida a la mayoría de los constructores actuales realizar copias fieles. La tecnología maderera de aquellos tiempos permitía que inmensos buques de vela armados sin tornillos ni clavos, pudieran cruzar exitosamente los océanos cargados de lingotes y monedas de oro y plata. Un clave original de Grimaldi, Ruckers, Taskin o Dulcken, tiene tanto para enseñarnos, que sólo reproduciéndolo exactamente podemos aproximarnos a su perfección de proporciones, sonido y mecanismo. El copiar nos obliga a realizar los mismos gestos y adquirir el mismo modo de pensar de estos magníficos constructores, repitiendo las mismas operaciones para fabricar las distintas piezas, muchas de las cuales son pequeñas joyas de la ebanistería. Volver a poner en práctica aquellos rituales lleva a la santidad del más perfecto arte de la luthería. Esto es lo que produce que una perfecta copia realizada por constructores de la talla de Kroesbergen, Klinkhamer o Kennedy, alcance una valuación de u$s 45.000 / 50.000 . Ningún clave construido con los materiales artificiales de un kit, o sin el conocimiento severo que tantos años lleva aprender perseverando en el arte de copiar, puede alcanzar la gloriosa perfección de timbre y mecanismo de esos instrumentos.